El sábado me embarqué, nunca mejor dicho, en La Odisea de Christopher Nolan, y salí del cine con la sensación de haber recorrido las salas de un museo a la deriva. Casi tres horas de travesía que se sucedieron sin sentir el peso en el asiento.
La primera parada es Turner. Cuando la tempestad castiga las naves de Ulises, la pantalla IMAX se convierte en uno de esos lienzos donde el pintor inglés disolvía barcos y hombres en pura luz y espuma. Pensé enseguida en Ulises burlando a Polifemo (1829), profecía exacta de lo que Nolan filma dos siglos después: el gigante reducido a bruma en el acantilado, el sol como único dios visible.
 |
| The Wreck of a Transport Ship, pintado Joseph Mallord William Turner, óleo sobre lienzo, 1810. |
| En la cueva del cíclope el registro cambia y el director pinta con antorchas: un claroscuro que talla los rostros de los marineros como en un Caravaggio. Y el propio Polifemo, encorvado sobre sus víctimas, recorta la silueta terrible del Saturno devorando a su hijo de Goya. La misma gula ciega, idéntico espanto: una pintura negra proyectada en la pared de la caverna. |
El episodio de Circe, en cambio, es puro prerrafaelismo. La hechicera alza su copa igual que en el cuadro de Waterhouse, belleza y amenaza en un solo gesto. Hasta el montaje, con su tiempo desordenado que avanza y retrocede, funciona como el telar de Penélope: Nolan teje de día y desteje de noche, aplazando el desenlace para tenernos, como a los pretendientes, en vilo.
No es una adaptación: es colgar a Homero de la pared, con marco dorado incluido. Este galeote, que de remos y naufragios algo sabe, volverá a bogar hasta la sala para verla de nuevo.
 |
| Circe Offering the Cup to Ulysses (Circe ofreciendo la copa a Ulises), pintada por John William Waterhouse en 1891. |
Comentarios
Publicar un comentario
Gracias por comentar y compartir