El vuelo inmóvil de los derviches de Estambul
Hay pocas experiencias en Estambul tan sobrecogedoras como asistir al sema, la danza giratoria de los derviches. En escenarios como el Hodjapasha —un antiguo hammam otomano de piedra y ladrillo reconvertido en centro cultural— las figuras vestidas de blanco comienzan a girar bajo una luz teñida de rojo y púrpura, y el tiempo parece detenerse. No es un espectáculo folclórico, aunque hoy se ofrezca a los viajeros: es una oración en movimiento.
Los orígenes
El sema nace en el siglo XIII de la mano de Mevlana Celaleddin-i Rumi, el gran poeta y místico persa afincado en Konya. Tras la muerte de su maestro y amigo Shams de Tabriz, la leyenda cuenta que Rumi empezó a girar espontáneamente, arrastrado por el amor divino. De aquel gesto surgió la orden de los mevleví, cuyos derviches convirtieron la vuelta sobre sí mismos en un camino hacia Dios. En 2005, la UNESCO reconoció la ceremonia como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.
El traje como iconografía
Nada en su atuendo es casual: cada prenda es un símbolo de muerte y renacimiento espiritual. El alto gorro de fieltro color camello, el sikke, representa la lápida del ego. La amplia falda blanca, el tennure, es su mortaja. Y la capa negra que llevan al entrar, la hırka, simboliza la tumba terrenal; cuando el derviche se la quita antes de girar, está renaciendo, despojándose de lo mundano.
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| Modelo de indumentaria derviche en el interior de Hodjapasha. Fotos de la autora (2026). |
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| Figura mevleví en rezo. |
Durante el giro, los brazos dibujan el mensaje central de la orden: la mano derecha se abre hacia el cielo para recibir la gracia divina, y la izquierda apunta a la tierra para transmitirla a los hombres. El derviche se convierte así en un puente entre lo alto y lo bajo, girando siempre hacia la izquierda, en torno al corazón, igual que los planetas orbitan en silencio.
Un lenguaje compartido por Oriente
El sema no está solo. Pertenece a una vasta familia de danzas rituales orientales que buscan el éxtasis a través del movimiento y la repetición. Recuerda al zikr de otras cofradías sufíes del norte de África, donde el balanceo y el canto conducen al trance; dialoga con el zaar egipcio y sudanés, ceremonia de posesión y sanación; y encuentra ecos lejanos en las danzas devocionales de la India, como el kathak, con sus vertiginosos giros al servicio de lo sagrado.
Todas comparten una misma intuición: que el cuerpo, girando o vibrando hasta el olvido de sí, puede convertirse en una vía hacia lo trascendente. En Estambul, esa intuición sigue girando, callada y luminosa, siglos después.
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| Imagen del escenario de Hodjapasha. Foto de la autora (2026). |







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